Doce campanas sonaron, ya era tarde. Ya se había cumplido el plazo. Todo estaba concretado. Todo ahora era imposible, no había marcha atrás. Ni consuelo para su impotencia.
Caminó despacio hacia el enorme portal que la invitaba a retirarse, a dejar todo detrás de él y a volver a su hogar.
Encendió un cigarrillo con manos temblorosas y cruzó hacia la calle. Pitó ese cigarro hasta que se le quemaron los dedos, el sabor amargo del filtro quemado la hizo entrar en conciencia de que era tarde, más tarde aún. Siempre era más tarde.
Tiró lo que quedaba en el suelo y lo pisó con rabia, pisando su dolor y su angustia. Levantó la mano, subió al colectivo y se sentó sobre sus sueños, sobre las esperanzas.
Miró una vez más el camino recorrido, con la suave ilusión de verlo una vez más, de sentir su piel, su sonrisa, su cálido espíritu reflejado en el aliento de su boca.
Pero el camino era desierto, y formaba un oasis sus lágrimas no derramadas.
Bajó del colectivo y caminó por la calle, susurro suavemente el nombre de su amado perdido, de su hombre fugaz, de aquel que hacia solo una hora había subido a ese micro, con destino al olvido.