Y caminó consciente de su pecado hasta que el miedo la arrolló. Tumbó su cuerpo en el suelo y miró sus manos. Cerró los puños, vaciándolos de odio mientras se enterraban sus uñas en la blanda carne de su juventud. Sintió levemente el correr de la sangre por las palmas y lamió el rojizo néctar mientras mojaba sus ojos de lágrimas saladas.
Apoyó las rodillas y miró el cielo. Las estrellas comenzaban a brillar otra vez. Nada había cambiado. En nada interfirió su acto.
Envolvió su cabello tras un pañuelo, ensuciándolo de la sangre pura que ahora manaban sus adoloridas manos. Quitó de su cuerpo el abrigo y lo dobló correctamente hasta que redujo el tamaño considerablemente. Apoyó el cuello sobre esta improvisada almohada. Sacó, ya con esfuerzo de los bolsillos de sus pantalones tres pequeños tarros vacíos.
Contó en silencio la dosis tomada, pidió perdón al cielo que la observaba y durmió eternamente en el infierno de la debilidad de su alma.